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das Mystische 2.1

Del Mundo y del Todo

Del Mundo y del Todo

Llegado el caso, uno recurre al Diccionario de Lógica y Filosofía de la Ciencia (Mosterín y Torretti) en busca de alguna aclaración o información complementaria. Para esto el Diccionario es de mucha utilidad, qué duda cabe; pero también, llegado el caso, el Diccionario nos muestra que nuestra curiosidad tiene determinados límites, límites marcados y precisos, y que hay ciertas cuestiones que, nos guste o no nos guste, quedan aún demasiado lejos. Sin necesidad de buscar ejemplos más concretos (es decir, al azar o al libre albedrío de los signos) uno puede encontrarse con descripciones como ésta:

"Sea V un ESPACIO VECTORIAL real o complejo. Una norma sobre V es una función p:V à R con las propiedades siguientes: para todo escalar a y cualesquiera vectores u y v."

Quizá por ello, cuando Wittgenstein abordó su famosa Conferencia de Ética, quiso dejar las cosas claras desde un principio. Ante la oportunidad de dirigirse a un auditorio (pensó Ludwig) no iba a desaprovechar la oportunidad ofreciendo una conferencia sobre lógica, por ejemplo; esto sería perder el tiempo, ya que explicar una materia científica requeriría un curso de conferencias y no una conferencia de una hora. Además, Wittgenstein tenía siempre mucha prisa y otra alternativa hubiera sido lo que se denomina una conferencia de divulgación científica, esto es, una conferencia que pretendiera hacer creer al auditorio que entiende algo que realmente no entiende y satisfacer así lo que Wittgenstein consideraba uno de los más bajos deseos de la gente moderna: la curiosidad superficial acerca de los últimos descubrimientos de la ciencia. ¡Terrible Wittgenstein!

En 1987 Stephen Hawking publicó su Breve historia del tiempo. Adquirido por uno de cada 750 habitantes del planeta, la breve historia del tiempo concluía con estas sugestivas líneas:

"…si descubrimos una teoría completa, con el tiempo deberá resultar comprensible, a grandes rasgos, por todos… sería el triunfo último de la razón humana, pues entonces comprenderíamos la mente de Dios."

¿Cómo no interesarse, a pesar de Wittgenstein, por los últimos descubrimientos de la ciencia si ésta nos ofrece comprender la mente del mismísimo Dios?

No obstante, la Teoría Unificada del Todo (que explicaría –entre otras cosas- el inicio y podría predecir el fin de nuestro mundo) se nos presenta (como otras explicaciones o descripciones de "mundos") como un grupo de teorías o categorías que intentarían hacer manejable un problema no del todo resuelto. Por un lado, tendríamos la fuerza gravitatoria, la cual es portada –como explica Hawking- por una partícula llamada gravitón. En la segunda categoría, encontramos la fuerza electromagnética, la cual es portada por una partícula llamada fotón. Y, por último, tendríamos la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil, con lo que estaríamos más bien ante una serie de teorías superpuestas o ante un mapa cartográfico de diversas posibilidades. La ciencia no adoptaría, pues, una posición diferenciada de la adoptada por otras formas o estilos de hacer "mundos".

Nelson Goodman (siguiendo la senda de los símbolos de Ernst Cassirer) lo explicaría a la perfección en Maneras de hacer mundos:

"Cabe concebir un único mundo como si fueran muchos, o podemos comprender los muchos mundos como si fueran sólo uno y, en esos casos, serán uno o muchos según sea la manera como los concibamos."

O bien:

"Podríamos, a determinados efectos, definir una relación que clasificara en grupos las diversas versiones del mundo de tal forma que cada una de esas agrupaciones constituyera un mundo y que cada uno de sus miembros fuera una versión de ese mundo, pero, a otros muchos efectos, puede considerarse que nuestros mundos son precisamente todas las descripciones, las representaciones y las percepciones correctas del mundo, así como las maneras-en-que-el-mundo-es, o simplemente las versiones en las que nos aparece."

Es decir, la tendencia totalizadora de la ciencia estaría sin duda condenada al fracaso, porque siempre estaríamos hablando de un mundo que abarcaría multiplicidad de aspectos y contrastes, o de muchos mundos que, unidos en colección, formarían una unidad. Es posible, además, que Hawking sea ya consciente de ello:

"Mucha gente –declaró recientemente en su sede de la Universidad de Cambridge-, y yo incluido, creíamos que pronto descubriríamos la teoría definitiva que nos permitiría predecir cualquier cosa del universo… Pero es posible que nunca lleguemos al final de nuestra búsqueda."

Lo que no significaría que las versiones del mundo ofrecidas por la ciencia fueran ilusorias, erróneas o dudosas, sino más bien que –como afirma Goodman- estamos muy lejos de poder obtener respuestas definitivas. La "gente moderna", o la gente simplemente, seguirá interesada en cuestiones relacionadas con la vida, con el arte o con la ciencia; pero el mapa cartográfico del mundo seguirá inabarcable y la versión de Van Gogh será siempre diferente a la de Canaletto. Las teorías del "todo", por tanto, se nos presentarán como teorías de pequeños "todos" y la mente de Dios, a pesar de la vida, del arte y de la ciencia, fragmentada en infinitas sumas e infinitas divisiones, deberá seguir esperando.

Interiores

Interiores

No hace muchos años, los pintores y escultores se aferraron a la muerte como a una tabla de salvación. Provistos de atlas anatómicos e históricos, empezaron a destripar a los desnudos y revolver en las panzas, sacando a sus telas la maltrecha fealdad de nuestras vergonzosas interioridades, recubiertas normalmente, y con cuánto acierto, por la piel.

Así comienza el prólogo de Stanislaw Estel (alter ego del escritor polaco Stanislaw Lem) al libro de Cezary Strzybisz Necrobias. El comentario de Strzybisz pertenece a una época indeterminada, quizá al futuro, ¡quién sabe!, y guarda cierto parecido con determinadas situaciones que no nos son del todo desconocidas. En el universo de Strzybisz, sin embargo, los espectadores del espectáculo no se sienten directamente afectados, no se muestran heridos por esa sensación morbosa que parece tan propia de nuestros contemporáneos y que sobrevuela de manera multitudinaria en las salas de exposiciones. Los conciertos de podredumbre revestida de colores del arco iris no provocan en el público ni un ligero gesto de indignación. En un aspecto sí coincide el universo de Strzybisz con nuestro propio universo: las artes plásticas se hunden irremediablemente junto con sus obras, aunque la desengañada pasividad de los espectadores se manifiesta de manera bien diferente. Cadáveres cuidadosamente descompuestos copan las galerías de arte; la muerte, expuesta así a la luz del día, se torna espesa y ostentosa. ¿Acaso no les suena de algo este argumento?

No obstante, el mérito de Strzybisz consiste en haber abandonado a tiempo el espectáculo de la muerte y haberse rehabilitado, gracias a las "necrobias", en su papel definitivo de artista. Las "necrobias" son fotografías realizadas con la ayuda de los rayos de Roentgen. Strzybisz atraviesa el cuerpo de sus modelos gracias a los rayos X, y ofrece a los espectadores una nueva filosofía del cuerpo humano, un paisaje desnudo e ilimitado de huesos y esqueletos. En un ciclo posterior, denominado "Pornogramas", retrata el juego del sexo desprovisto de carne, dispuesto en rompecabezas geométricos donde copulan esqueletos saltarines. Stanislaw Estel es categórico cuando juzga el resultado final de la obra de Strzybisz:

Strzybisz "dice la verdad" –afirma en el prólogo- y sólo la verdad, verdad que hoy día, si no sufre una deformación artística, pasa por una simpleza.

Largos rayos de Roentgen provocan cuerpos humanos levemente insinuados, esfumados –nos dice Estel- como cúmulos de luz láctea. El medieval Totentanz holbeiniano que permanece dentro de nosotros, idéntico e intacto, queda a la vista de todos desprovisto de las huellas culturales de nuestra civilización. La comunión de la muerte con la vida se hace pública, y Estel no escatima esfuerzos en comparar los huesos de Strzybisz con el vigor jovial y la frivolidad apasionada de los esqueletos de Holbein. Lástima que no podamos disfrutar de las 139 reproducciones de las obras de Strzybisz incluidas en "Necrobias" dado que se trata de un libro inexistente, publicado en una editorial ficticia por un artista ficticio. Aunque puedo intentar imaginar la obra de Strzybisz, me hubiera gustado comparar sus resultados, la obra de arte de su universo inexistente, con las obras de arte de nuestro universo, y ver si la anticipación de Stanislaw Lem pertenece a las utopías del futuro o a las cenizas impunes de un desolado pasado. Comprobar, por ejemplo, si la obra de Strzybisz causa el mismo efecto en nosotros que esas "maravillas" que Damien Hirst nos lleva regalando desde la década de los 90. Esos cadáveres inyectados en tanques de formaldehído del tamaño de una piscina, fabricados entre trajes sépticos y máscaras; esa Pareja muerta follando dos veces, compuesta por los cadáveres descompuestos de un toro y una vaca copulando y flotando en agua; esa Madre e hijo divididos, formados por las piezas de una vaca y un ternero partidos por la mitad y suspendidos en formol. Damien Hirst, Mauricio Cattelan, Jake and Dinos Chapman, Piero Manzoni y tantos otros. Cadáveres de animales y excrementos, o cadáveres humanos, que tienen su culminación apoteósica en la obra de arte del científico alemán Gunther von Hagens. Si las fotografías de Strzybisz pudieran ser contempladas podríamos comprobar su obra La Embarazada (una futura madre con su criatura encerrada en el seno, imagen de dignidad y pureza –siempre en opinión de Stanislaw Estel- fundida en los claroscuros del roentgenograma) con el cuerpo diseccionado de una mujer embarazada de ocho meses (un cadáver plastificado) que deja ver el feto muerto y que el "artista" alemán lleva exhibiendo por el mundo desde que en 2002 toda su obra fuera acogida por la galería Atlantis de Londres. Doctor en anatomía, Von Hagens ha legado al mundo del arte y de la ciencia la técnica de la Plastination. La realidad, como tantas veces, resulta mucho más terrible que cualquier ficción imaginada. Si lo que le espera a nuestro cadáver es una obra de arte, siempre podremos dedicar nuestro tiempo infinito (que no nuestro esfuerzo) a tan inesperado desenlace. "Está claro –como escribe Inés Matute en El Arte de la Muerte- que habrá que aprender a ser cadáver, pues en el desempeño de este honrado oficio (con o sin la ayuda del doctor Von Hagens) vamos a emplear muchos años".

A cross didn’t fall on me

Antonio Giménez Merino, en Una fuerza del pasado (El pensamiento social de Pasolini):

De modo que en el film (El Evangelio según San Mateo) aparecen referencias tan heterogéneas como Piero della Francesca, El Greco, Bach, cantos espirituales negros o una misa africana. Pasolini consiguió así una película fuertemente simbólica en un aspecto del cristianismo sobre el mito de la pasión y muerte de Jesús:

Hubiera podido desenmarañar la situación histórica real, las relaciones entre Pilatos y Herodes, la figura de Cristo mitificada por el Romanticismo, por el catolicismo y por la Contrarreforma. Hubiera podido desenredar todo esto. Pero después, ¿cómo habría podido explicar el problema de la muerte? El problema que no puedo explicar es ese algo tan profundamente irracional, y por tanto en cierto modo religioso, que está en el misterio del mundo. Eso no es explicable. (P.P.Pasolini, Le regole di un’illusione. I film, il cinema.)

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Del Jesucristo de Dylan al Jesús de Cohen. En Los señores de la guerra, Bob Dylan confía en que Jesucristo nunca olvide; tan justiciero como el Jesús que anhela, Dylan tampoco olvida, tampoco perdona. Dylan pregunta: ¿es vuestro dinero tan bueno que puede compraros el perdón? Luego, más tarde, casi al final de la sentencia, anuncia que confía en que la muerte acabe con los señores de la guerra, y que seguirá el ataúd en una pálida tarde vigilando cómo bajan la tumba, aguantando de pie sobre el sepulcro, impaciente, hasta quedar completamente seguro de que están muertos. El Jesús de Leonard Cohen, en cambio, es marinero, y está deshecho mucho antes de que se abran los cielos, abandonado, casi humano. El Jesucristo de Cohen que se presenta ante Suzanne pasa mucho tiempo observando, todo el tiempo de una corta vida observando. Al final, cuando está seguro de que sólo los hombres que se ahogan pueden verle, dibuja entre las olas una última certeza: "todos los hombres –escribe Jesús- serán marineros hasta que el mar les libere". Para después hundirse bajo la sabiduría de Suzanne, como una piedra.

Recuerdo perdido

Recuerdo perdido

Agujero negro y chorro superlumínico en la galaxia M87.

VLBA Reveals Formation Region of Giant Cosmic Jet Near a Black Hole.

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La conversación transcurre en medio de un silencio cósmico. Brock le pregunta a Ames:

-¿Participarás en el concurso?
-Sí. Sin duda –contesta Ames. He soñado una nueva forma artística. Algo original.

Evocación de ondas sonoras y flujos energéticos en un vacío silencioso de longitudes de onda.

En su famoso artículo El final del arte, Arthur Danto sostiene la posibilidad de visiones filosóficas de la historia que permitan, e incluso demanden, una especulación sobre el futuro del arte. Estas visiones tendrían que ver con la pregunta sobre si el arte tiene futuro, pero también, y de una manera mucho más problemática, con aquellas preguntas que se interrogan sobre las características del arte venidero, es decir, sobre cómo serán las obras de arte futuras o cómo serán apreciadas. Danto llega a la conclusión de que "nada pertenece tanto a su propio tiempo como la incursión de una época en su futuro", y que, por tanto, cualquier posibilidad que imaginásemos remitiría inequívocamente a nuestro propio momento histórico. Si el artista visionario Albert Robida imaginó, en su serie titulada Le vingtième siècle, un futuro plagado de referencias a las formas o elementos ornamentales propios de su tiempo, Buck Rogers hizo lo propio en sus trabajos trasladando los lenguajes decorativos de la década de 1930 al siglo XXI. Cansada de su periplo por el futuro, la ciencia-ficción de hoy parece instalada en un presente de implantes tecnológicos o frías pantallas de mitos ciberpunks, en un universo de mundos paralelos y diosecillos cuánticos. Pero nada ni nadie parece dispuesto a imaginar cómo serán los artistas o el arte del futuro. No parece probable, por tanto, que en el futuro podamos encontrarnos con nada parecido.

En un breve y hermoso relato titulado Recuerdo perdido, Isaac Asimov recrea la posibilidad del último esfuerzo del arte y del fracaso del último artista. Brock y Ames son seres energéticos que llevan vagando por la galaxia infinita desde hace miles de siglos. La memoria hace que Ames (simple fusión de longitudes de onda) recuerde su propio pasado, una sombra indefinida de su pasado, y sienta la nerviosa tentación de compartirlo con Brock. Las cargas de energía que constituyen su individualidad y sus líneas de fuerza extendidas ponen a ambos en contacto. Brock le pregunta a Ames:

-¿Participarás en el concurso?
-Sí. Sin duda –contesta Ames. He soñado una nueva forma artística. Algo original.

El posterior comentario de Brock parece el análisis pesimista de un crítico de arte actual ante un hecho consumado:

-¡Cuánto esfuerzo derrochado en vano! –exclama Brock. ¿Cómo puedes creer que exista una nueva variante, después de dos mil siglos? No podemos descubrir nada nuevo.

Pero Ames ha tenido una intuición y cree encontrarse ante todo un descubrimiento. La materia, piensa Ames: una sinfonía de materia; abandonar por un momento la energía y experimentar con la materia. Lo que Ames está planteando a Brock es el recuerdo improbable de lo que ambos fueron en el pasado, la construcción de objetos e incluso formas abstractas que recuperen de alguna manera su rostro humano. A Brock, sin embargo, la idea le repugna: "no recuerdo nuestro aspecto", dice, "todos lo olvidaron ya". No obstante, Ames lo intentará acumulando materia dispersa en los intersticios de la galaxia, barriendo volúmenes de años-luz elevados al cubo, seleccionando átomos, obligando a la materia a disponerse en formas que creía conocidas y que no son más que juegos de su memoria. Toda la esperanza de Ames se concentrará en una pregunta:

-¿Qué hay de malo en recordar?

Para cuando Ames obtenga la respuesta ya será tarde, porque la superficie de su escultura no es más que una representación áspera y fría de su antigua forma humana, dulce y tibia, y el recuerdo que Brock buscaba evitar hará que ambos (hombre y mujer en el pasado) sientan el terrible vacío de lo perdido. Las lágrimas de materia de Brock anegarán la escultura y la fuerza de su energía partirá en dos la creación de Ames. Ames buscará a Brock siguiendo su rastro energético, en el inexorable destino de la vida, y la metáfora de Asimov situará al arte del futuro ante una última y definitiva alternativa: el recuerdo de lo humano, de lo que fue humano, incluso más allá de toda memoria posible.

El estado de los medios

El estado de los medios

Paul Thek, «n.T.» (from the serie Television Analyzations), 1963.

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(Cuentan que Borges, en una de sus visitas a España, tuvo un pequeño problema dental durante el transcurso de una cena en su honor, viéndose obligado a recurrir, con algo de urgencia, a los servicios de cierto dentista. Una vez realizada la cura, el dentista preguntó a los acompañantes del escritor argentino por la identidad de éste; cuando le fue revelada, el dentista se dirigió a su biblioteca y volvió con un ejemplar para que Borges estampara en él su firma. Borges, amablemente, así lo hizo, no sin antes observar que el dentista le había puesto en sus manos un libro del humorista Forges. A Jorge Luis Borges le encantaban estas confusiones, estas coincidencias, por lo que no frustró la ilusión del dentista, dejando su dedicatoria en un libro que, evidentemente, no era el suyo. Cátia Candeias, periodista portuguesa, se dirigió a mí hace unos días solicitándome una colaboración para la revista Media XXI. Bueno, en realidad se estaba dirigiendo a Enrique Bustamante, catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del comité de expertos encargado de elaborar un informe sobre los medios públicos de comunicación. De esta maravillosa confusión nació el trabajo que ahora sigue, escrito claro está por Enrique Bustamante o por Enrique Bustamante, como ustedes prefieran.)

El guión de la veracidad (política, intelectual, mediática)
es el principal problema cultural de España.
-Arcadi Espada-.

A simple vista, un periódico, una cadena de televisión o una emisora de radio son, aparentemente, un periódico, una cadena de televisión y una emisora de radio; pero, pasada la primera impresión, deshecho con paciencia el equipaje de lo ilusorio, una observación más detallada nos informa que, detrás de estos aspectos supuestamente lógicos, en la trastienda común de lo observable, nos encontramos ante un grupo de actividades sociales que esconden múltiples y extraordinarias sorpresas, ante una suma de esfuerzos pedagógicos que tienen en los receptores del mensaje a los principales protagonistas, pero también, mucho me temo, a inevitables víctimas.

Un programa de televisión como Pecado Original, de la cadena privada Telecinco, dedicado en clave de humor a la actualidad política y al mundo de los famosos, ilustra a la perfección el hilo conductor de lo que quiero explicar en este artículo. Al final de dicho programa, una revista de prensa a partir de una noticia del día repasa los supuestos titulares de portada de los diarios nacionales de mayor difusión, camuflados bajo una cabecera que no logra despistar sobre la identidad periodística a la que, evidentemente, se pretende aludir. El "Qué País", por ejemplo (equivalente, por supuesto, del diario El País) compite en ocasiones con la visión que de los hechos facilita el diario "La Sinrazón" (equivalente de La Razón), y "La Retaguardia" (equivalente del periódico barcelonés La Vanguardia) hace lo propio con el diario "Abecedario" (ABC, en este caso), mostrando la disparidad de criterios y las diversas interpretaciones que, cada mañana, encontramos ante el tratamiento de un único y semejante hecho. Esto, que también se repite en cadenas de televisión y emisoras de radio, curiosamente, no sorprende a nadie. Que un hecho tenga diversas interpretaciones puede parecer justificado, incluso comprensible; pero que la balanza de éstas se incline siempre con la misma intensidad hacia un mismo lado, hacia un lugar común por todos esperado, no deja de ser sospechoso. En líneas generales, y salvo puntuales y honrosas excepciones, cuando uno compra un diario, conecta con una emisora o visualiza un programa informativo de televisión, ya sabe a ciencia cierta con qué va a encontrarse. ¿Independencia de los medios? ¿Veracidad informativa, por tanto?

Que los intereses comerciales de los grandes grupos económicos, y los intereses políticos, mediatizan la noticia que finalmente recibimos es algo aceptado por todos como la más normal de las desgracias. ¿Cambia en algo la situación en el Ente Público Radio Televisión Española? Todo lo contrario. Desde la llegada de la democrácia la acusación más habitual que se le ha hecho a RTVE es la de servir, en todo momento, a los intereses del partido en el gobierno. El comité de sabios encargado de elaborar, a petición del Partido Socialista, un informe para la reforma de los medios de comunicación estatales ha hecho incapié en la necesidad de abordar modificaciones en el sistema de designación del director general, así como en la elección del Consejo de Administración de la compañía, que actualmente viene a ser una réplica exacta de la composición del Parlamento. El dictamen de los sabios concluye que el Estado deberá asumir los 7.500 millones de deuda, así como aumentar la subvención al Ente Público del 5% actual a un 50% y reducir la publicidad de 12 a 9 minutos por hora. Pero Carmen Caffarel, la actual directora general de RTVE ya ha expresado que algunos aspectos del citado informe, a la hora de plasmarse en una iniciativa legislativa, no se podrán aplicar integramente. Y somos muchos los que nos tememos que, a la hora de la verdad, al menos en lo referente a independencia informativa(1), todo seguirá como siempre.

El panorama actual de los medios de comunicación españoles se completa con el proyecto por parte del gobierno de una Ley de medidas urgentes para el impulso de la Televisión Digital Terrestre, que ha provocado que todos los grupos de comunicación privados (excepción hecha de Godó, Zeta y Prisa) ) se unieran en una declaración(2) conjunta denunciando cierto "favoritismo" por parte del gobierno. El proyecto de Ley, según los firmantes de la declaración, dejaría la puerta abierta a la emisión en abierto de Canal+ y aumentaría el límite de la propiedad de emisoras de radio por demarcación hasta el 50%, siendo el grupo Prisa el principal beneficiado con estas medidas. Por su parte, el grupo Prisa ha denunciado manipulación informativa y ha expresado que, independientemente de las opiniones editoriales que se puedan tener sobre el contenido de la Ley, un mayor número de operadores de televisión supondría un beneficio para los ciudadanos en general y para el sector de la comunicación en particular, con lo que, como cabría esperar, asistiremos a un nuevo y divertido capítulo de lo que aquí se conoce como "guerra de los medios".

Los que hemos crecido intelectualmente (aunque no mucho, lo reconozco) suscribiendo la distinción entre "medios de formación de masas" en lugar de "medios de comunicación de masas", acuñada en su momento por el filósofo Agustín García Calvo, tenemos razones suficientes para pensar que Agustín está en lo cierto. De otra manera no se explicaría este afán incorregible por controlar un pastel que reporta extraordinarios beneficios, tanto económicos como pedagógicos (y de persuasión), y que acaba dibujando el mapa del comportamiento social (masivo, no individual) de todos nosotros. Aunque, puestos a verlo con optimismo, también podemos celebrar esta múltiple acumulación de verdades o de distintas realidades y, partiendo de este análisis, agradecer el bombardeo de noticias como algo positivo, antídoto eficaz y necesario contra la máscara de la censura. Fernando Savater (por cierto, uno de los componentes del comité de sabios) refiriendose a estos temas, lo expresa con acierto: "lo que abunda no daña".

No obstante, la labor del ciudadano queda obligada a un mayor esfuerzo y a una concentración decisiva en el cuidado de su inteligencia. Si, puestos a jugar un "juego" (la lectura de un diario, la escucha de un programa radiofónico, la contemplación de un informativo televisivo), entendemos que cada medio de comunicación posee su propio "juego de lenguaje" (su propia forma de vida), que intenta hacer extensivo por todos los medios posibles a los receptores del mensaje, podemos aceptar la visión de aquellos que entienden este concepto de Wittgenstein como la imposibilidad de diferenciar un juego de lenguaje en particular de otro cualquiera, lo que nos llevaría a afirmar que no existe ningún juego de lenguaje mejor que otro, excepto en el sentido de que sea "mejor en relación a ciertos intereses". O bien, como plantean los intérpretes de Wittgenstein contrarios a esta visión, afirmar que "no sólo hay prestaciones mejores y prestaciones peores en el contenido de un juego de lenguaje, sino que también es claro que Wittgenstein piensa que los mismos juegos de lenguaje pueden ser peores o mejores"(3). Esto no solucionará ninguno de nuestros problemas pero, al menos, nos mantendrá alerta. Además, en último término, siempre podremos aplicar el viejo sentido común que aconseja "leer entre líneas", buscando el guión de la veracidad que tanta falta nos hace a cada uno de nosotros, a todos y a cada uno de nosotros.

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(1) "Hoy empieza un camino sin retorno de acabar con la televisión de partido e iniciar el proceso de unos medios al servicio de los ciudadanos, una televisión de calidad, plural y que entre en las casas de los ciudadanos y que todos puedan identificarse con esta nueva etapa de cambio que el Gobierno cumple". Maria Teresa Fernández de la Vega, Vicepresidenta del Gobierno, en el acto de toma de posesión de Caffarel.
(2) Los grupos firmantes de esta declaración fueron: Onda Cero, Telecinco, Recoletos, UNEDISA-El Mundo, ABC, COPE, Antena 3, La Razón y Punto Radio.
(3) Hilary Putnam. ¿Era Wittgenstein un pragmático?, en El pragmatismo, Un debate abierto.

Apuntes

Apuntes

Head with Mirrors. Visualization Laboratory, Instituto Neurológico de Montreal.

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El mundo existe independientemente de nuestras representaciones, aunque...

Imaginemos que un ser humano ha sido sometido a una operación por un diabólico científico. El cerebro de tal persona ha sido extraído y colocado en una cubeta de nutrientes que lo mantienen vivo. Las terminaciones nerviosas han sido conectadas a una computadora supercientífica que provoca en esa persona la ilusión de que todo es perfectamente normal. Parece haber gente, objetos, cielo, etc.; pero en realidad todo lo que la persona está experimentado es resultado de impulsos electrónicos que se desplazan desde la computadora hasta las terminaciones nerviosas. La computadora es tan ingeniosa que si la persona intenta levantar la mano, el feedback que procede de la computadora le provocará que "vea" y "sienta" que su mano está alzándose. También puede borrar la memoria de funcionamiento del cerebro de modo que la víctima crea que siempre ha estado en ese entorno. La víctima puede creer incluso que está sentado, leyendo estas mismas palabras acerca de la suposición, divertida aunque bastante absurda, de que hay un diabólico científico que extrae cerebros de los cuerpos y los coloca en una cubeta de nutrientes que los mantiene vivos...

En lugar de imaginar un solo cerebro en una cubeta, podemos imaginar que los seres humanos (quizá todos los seres sintientes) son cerebros en una cubeta. Por supuesto, el diabólico científico tendría que estar fuera -¿o querría estarlo?. Quizá no exista ningún diabólico científico, quizá (aunque esto es absurdo) el mundo consista en una maquinaria automática que está al cuidado de una cubeta repleta de cerebros y sistemas nerviosos.

Supongamos esta vez que la maquinaria automática está programada para ofrecernos a todos una alucinación colectiva, en lugar de unas cuantas alucinaciones separadas y sin relación. De forma que cuando me parece estar hablando con usted, a usted le parece estar oyendo mis palabras. Mis palabras no llegan realmente a sus oídos, por supuesto –porque usted no tiene oídos (reales), ni yo tengo boca o lengua reales... En este caso nos comunicamos realmente (por medio del desplazamiento de los impulsos aferentes desde nuestro cerebro hasta el ordenador), hasta cierto punto. Yo no estoy equivocado con respecto a su existencia real (sólo lo estoy con respecto a la existencia de su cuerpo y del "mundo externo", aparte de los cerebros. En cierta medida, tampoco importa que "el mundo entero" sea una alucinación colectiva; después de todo, cuando me dirijo a usted, usted oye realmente mis palabras, si bien el mecanismo no es el que suponemos.)

(Hilary Putnam. Cerebros en una cubeta. Razón, verdad e historia.)

O, como escribió Wittgenstein en uno de sus diarios:

¿Qué sé sobre Dios y la finalidad de la vida? Sólo sé que este mundo existe.

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Más allá de la posible adicción o blog-adicción manifiesta; de esa ansiedad que, al parecer, señala Mercury News (vía Coctelera) como causante de agobio y agotamiento; de esa sensación anómala que genera la obsesión o la falta de adecuación al medio, está (y ahora empiezo a comprobarlo) la carga innecesaria de lo cronológico, la deuda inaplazable de la fecha que, ante nuestro propio asombro, dictamina cómo, dónde y cuándo se deberá dejar constancia de lo pensado, se cubrirá de signos la pantalla vacía y el cerebro vacío de lo pensado, el vacío más completo e incompleto, cuando en realidad lo que a uno se le antoja son los espacios abiertos donde pasear, así, sin rumbo fijo, donde parar (o no parar) dependiendo del azar y no del tiempo; cuando a uno lo que en verdad le apetece es conversar y luchar consigo mismo (¿con quién sino?) en este paseo interminable hacia la buena vida, hacia la vida sana, al aire libre muchas millas para escribir un artículo, desconectado o conectado a la buena de dios o a la mala (incluso) del diablo, cubierto de polvo, nieve o restos de intuiciones, sin ansiedad al fin, agobio, adicción, ni agotamiento.

Nacimiento

Nacimiento

Naissance de Venus, 1910, Auguste Rodin.

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La diosa del Amor se desliza, bajo el impulso de los vientos, hacia la orilla donde la Hora Primavera ha sembrado flores para recibirla, mientras que del aliento de los céfiros surgen rosas que perfuman el ambiente marino. Mientras tanto, Genoveva, nos mira con gesto sorprendido. Nuestros rostros, insistentemente cotidianos, parecen ahora espejos del paraíso.

El cerco

El cerco

Gaspard de Crayer, Alejandro y Diógenes.

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A medida que el círculo se cierra, que el cerco se estrecha, la visión del horizonte queda reducida a un globo negro de sombras inquisitivas, a un grupo extraño de rostros al acecho, a una mezcla uniforme de curiosidad y desprecio que observa amenazante la presencia del cínico. ¿Qué espera en realidad el Poder enfrentado al Arte de la renuncia? ¿Qué espera Alejandro el Grande, conquistador y dueño del mundo, ante la viva imagen de la negación de su fuerza? Gaspard de Crayer, discípulo de Rubens, pinta al cínico a los pies de la Razón de Estado mientras los símbolos de la monarquía universal se elevan hacia un cielo cubierto de nubes. Mientras tanto, Diógenes, dueño de sí mismo, se arrastra por los suelos como un perro distraído; no tiene prisa por acudir al trabajo ni por seducir a Dionisos; por producir riquezas, casarse, defender a su patria o criar niños. Lo de Diógenes (mientras Alejandro y los suyos observan) es más una cuestión de economía de medios. Si Sócrates pasea por el mercado y exclama: "Cuántas cosas hay que no necesito", el cínico arroja su vaso y su plato al ver que un hombre come sobre un trozo de pan y que otro bebe en la palma ahuecada de su mano. En el Arte de su renuncia está la inspiración de mi propia renuncia y la esperanza de que ésta, algún día, sea también correspondida. Morir (más tarde) por la ingesta de un pulpo crudo o devorado sin más por los perros; morir finalmente (si es que esto es posible) conteniendo la respiración voluntariamente. Es decir: adueñarme de mi muerte, a fin de cuentas, del mismo modo en que uno se adueña de su vida; dedicar el resto de mis días a lavar lechugas y esperar sin más la muerte, alejado del esfuerzo. Roxana Kreimer, en Las cuatro muertes de Diógenes el perro, nos narra esta crítica radical a la civilización que nos ha legado la antigüedad clásica. La fábula de la vida y de las muertes de Diógenes enlaza con nuestra propia vida y con las decisiones que, a diario, nos vemos obligados a hacer frente. No se trata sin más de aceptar la masturbación (que también, llegado el caso), ni de teorizar la pobreza absoluta o el más que improbable retorno de la antropofagia. Como apunta Kreimer, la solución al problema está en que Diógenes sabe que sólo es pobre quien desea más de lo que puede adquirir, y que sólo puede ser dueño de sí mismo quien toma a la sabiduría como única moneda de buena ley y por ella está dispuesto a cambiar todas las cosas. Otro Diógenes, Diógenes Laercio, en su Vidas de los filósofos más ilustres, dejó escrito en un diálogo los signos que nos muestran esta experiencia:

Alejandro se paró delante de Diógenes y le dijo: "Pídeme lo que quieras, que te lo concederé", a lo que Diógenes respondió: "Córrete, que me tapas el sol".

"Córrete, que me tapas el sol", esto podemos decir o podemos callar, también, y no añadir nada. ¿Esperaremos, entonces, a que se estreche el cerco? ¿Dejaremos que las nubes de Alejandro gobiernen nuestros días? Diógenes señala las sombras y el disco solar de los hombres libres. Como diría el cínico: ¡Ojalá pudiéramos saciar nuestro hambre restregándonos el estómago!

Europa

Europa

Rapto de Europa, Valentín Serov.

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Las palabras heredadas –escribe Isidoro Reguera en La Filosofía en el Fin de siècle- ya no crean hoy necesariamente sentido; se han quedado antiguas, casi mudas. El lenguaje que usamos todavía (este mismo lenguaje que ahora estoy utilizando) ya no sirve para identificar o nombrar los objetos de la vida, el mundo natural o real, nuestras inquietudes de hoy. Su significado –apunta Reguera- es ya un tanto fantástico; tan fantástico –me atrevo a añadir- como todo el peso material al que sirve de soporte. Sí, es bien cierto que cuando chocamos contra el mundo, contra los objetos de nuestro mundo de la vida, las heridas que soportamos son tan reales como las peores pesadillas; pero ¿alguien podría decir que nuestras peores pesadillas no son realmente fantásticas? Las viejas ilusiones de otros hombres, el poder y la superstición de cada época, se han sedimentado en ese lenguaje ya caduco. Ese lenguaje ya no vale para identificar nada con precisión en un mundo completamente nuevo. Ha llegado el momento, por tanto, de intentar otro lenguaje.

¿Es posible la tarea de intentar otro lenguaje? No sé si Peter Sloterdijk roza tan siquiera a ese otro lenguaje posible (a esa necesidad no ya para un siglo recién acabado, sino para uno que comienza), pero al menos creo que se acerca bastante a ese Phatos retórico (maestría personal del lenguaje en nombrar las cosas, arte de su dominio en plena libertad, goce por la tensa y abierta aventura de la exploración lingüística del mundo) al que alude Isidoro Reguera en su artículo. No me refiero ahora a algunas de sus obras más famosas: Extrañamiento del Mundo, Crítica de la Razón Cínica, Esferas. Tengo en las manos un ejemplar del Cultural de El Mundo donde se pregunta a diversos filósofos (Trías, Lodge, Lipovetsky, Márkaris, Andrujovich, y el propio Sloterdijk) sobre temas relacionados con Europa. El próximo domingo (mañana mismo) España vota la Constitución Europea; es decir, que toca Europa. Todas las intervenciones son muy interesantes (aunque, algunas, podríamos decir, algo funcionariales); pero sólo Sloterdijk llega verdaderamente a engancharme, a divertirme. Y yo me pregunto: ¿hay algo malo en informarme y, de paso, gozar de un momento divertido?

Veamos. El entrevistador ataca con la primera. ¿Es posible concebir Europa sin sus raíces cristianas ni su tradición humanista? Ya digo, todas las respuestas me parecen bastante interesantes, pero sólo Sloterdijk logra llamar mi atención; sólo Sloterdijk responde a la pregunta (como sus compañeros filósofos) y, además, lograr abrir mis ventanas cerradas:

Las culturas –responde Sloterdijk- brotan de los manantiales, no de las raíces; por ello son más parecidas a los torrentes que a las plantas. En el torrente europeo actual, el afluente cristiano ha pasado a ser un pequeño arroyuelo.

Esto, digo yo, nunca se le hubiera ocurrido a un funcionario. Pero, además, Sloterdijk añade:

En nuestra permanente revolución laica contra la desgracia, las inspiraciones cristianas de antaño son bien acogidas.

Es decir, lo que ya apenas es, lo que (poco a poco) a nadie ya interesa, en su lugar exacto; y el reconocimiento sincero de que lo verdadero aún tiene lugar entre nosotros.

Ahí va la segunda. ¿Qué sería prioritario, integrar todas las culturas europeas, o prepararse para asumir las culturas de los países del sur? Y la contestación de Sloterdijk:

La gran lección del escepticismo es la siguiente: primero se permite la entrada de las ilusiones en el país, después de la desilusión y más tarde de la guerra. Por ello, ¡afrontemos los comienzos engañosos!

Si Europa ha pasado del unilateralismo imperialista al posimperialismo, más tarde ha derivado hacia un cierto posheroicismo, y, en cierto modo, también hacia un estilo existencial posuniversalista, tanto política como intelectual y estéticamente, todo queda mucho más claro. ¿O acaso esperaban ustedes (de un filósofo) otro tipo de respuesta?

La tercera. Más o menos así: ¿Qué mecanismos de autodefensa pueden asumir las lenguas minoritarias de la Europa de los 25? Esta es la respuesta:

En el transcurso de la "Evolución" histórica, se ha extinguido probablemente un 99% de todos los idiomas, y tampoco hay garantías para los que han sobrevivido hasta la fecha. La mejor estrategia de defensa actualmente podría consistir en la idea de la reserva o el parque natural aplicada a la cultura, y mediante ella darles el estatus de obras de arte conservadas en colecciones públicas. Esto representa un estado posmoderno que se toma en serio sus deberes como comisario de la población y también como administrador del archivo cultural.

La "Evolución", comenta Sloterdijk, se lo ha tragado todo, todos los sonidos (un 99% de ellos) y todos los signos. Y, al parecer, tiene pensado continuar con su higiénica tarea ecológica; es decir, ahora viene a por nosotros. ¿Acabaremos todos, por tanto, como en una película de cine mudo? ¡Oh, Buster Keaton, no tendremos esa suerte! El estado posmoderno (nuestro eterno comisario) velará por los sagrados intereses. Podemos dormir tranquilos.

Y la última. ¿Cuál sería la primera medida cultural que tomaría en su país para afianzar una Europa unida? Esto nos dice Sloterdijk:

El 21 de febrero debería comenzar un debate sobre el párrafo más importante de la Constitución Europea, que todavía falta. Europa necesita una gran legislación museística mediante la cual se declare heredera cultural del mundo en todos sus elementos. ¿Viejo Mundo? ¡Por supuesto! La felicidad, dijo Saint-Just hace tiempo, es una nueva idea en Europa. Desde el punto de vista del presente añadimos lo siguiente: nuestra felicidad consiste en ser habitantes vivos de una colección incomparable.

Si alguien pensaba que el concepto de "museo" estaba en crisis, ya puede ir cambiando de idea. Lo que necesitamos, precisamente, son más museos, un museo para cada gesto transferido u objeto heredado, para cada robo cometido o regalo apropiado; un museo, en fin, para cada una de nuestras (múltiples) actividades artísticas. ¿Viejo Mundo? ¡Por supuesto! Pero, afortunadamente, aún nos quedan los museos.

Después de todo esto se despejan nuestras dudas. ¡Ya podemos afrontar esta nueva prueba con la fuerza indestructible de los héroes! ¡Ya podemos afrontar la votación de mañana con el ánimo despierto y el nervio sosegado! ¿Que qué pienso hacer (votar) yo mañana? Pues, la verdad, no tengo ni la más remota idea. Quizás me quede en casa o quizás salga de casa. ¡Quién sabe! Aunque, eso sí, haga lo que haga, lo haré como se hacen las cosas de la vida; es decir: con la mejor disposición posible y con feliz (e imprescindible) sentido del humor.

Vamos, que me lo tomaré con mucha filosofía.

Entre ruinas

Entre ruinas

Al otro lado, justo donde la vista, ya cansada, alcanza hasta la torre de la iglesia, o hasta los muros de la biblioteca (es decir, más allá incluso de donde alcanza la vista) que lleva el nombre de ese escritor famoso, no hay nada que justifique ya el asiduo retraso, nada que justifique el continuo estar afuera, ganando o perdiendo la vida, aguantando el nerviosismo o esa pequeña úlcera en la cueva del estómago. Al final, la armadura o armazón del caracol no era más que este viaje ajeno cargado de objetos tecnológicos; este vuelo de topos nocturnos, polvoriento y sin retorno. La calidad artística de los cimientos (se trata de construcción, decía, no de arquitectura o arquitectos), atacada a conciencia por el método austriaco, no se corresponde con la calidad artística de los afectados. A fin de cuentas, la primera se curva ante el azar, la irresponsabilidad, o la imprevisión de ciertos movimientos geológicos; la segunda, en cambio, permanece y se nos muestra amenazante, siempre intacta: se alza con el orgullo, al otro lado, donde la vista alcanza hasta la torre de la iglesia, de los auténticos superhéroes de barrio.

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A la luz de los acontecimientos, y de forma manifiestamente desconsiderada, alguien podría anotar, sin duda alguna, puesto que allí está su cuaderno o su bloc de notas, su ordenador portátil o su pesada Underwood, una de esas consideraciones superfluas que nadie espera, una de esas anotaciones al margen de toda consideración posible, y al margen de los acontecimientos. Anotar, por ejemplo: Freud y la tuneladora: el método austriaco; considerando, acaso, que, tanto los responsables, como el propio anotador y, cómo no recordarlo, también los destrozos, deben quedar en manos de un supuesto psicoanálisis. Al margen de toda consideración posible, ese mismo alguien, más tarde, debería parar sin remisión y, a la luz de los acontecimientos, implorar disculpas.

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El orgullo de Manolo Pijoaparte:

"Si quieres que te la meta al estilo Cartagena, pon el culo boca abajo y el vientre contra la arena".

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Como en un remake cinematográfico, no por temido menos esperado, la historia se repite hasta la extenuación, hasta más allá de todo lo posible, hasta lo inverosímil. Si el diálogo es indecente y corrupto (¡no sé cómo nos hace esto, Sr. Bustamante: si es usted un hombre de nuestra confianza!), y la conversación carece de todo sentido, nada mejor que recurrir a un guionista menos acomodado, más inoportuno, y probar con ello la capacidad de visión de nuestros sueños. Al menos, en ese devenir en vano, mientras unos y otros arreglan sus cuentas (con la conciencia, o con la cuenta corriente de sus afectos), nadie podrá acusarnos de traidores. En el fondo, esta historia, en la que todos nos mezclamos como en un thriller mortífero, merece un guión a la altura de las circunstancias.

Moi
Je n’ai plus
D’espoir

-escribió Jean-Luc Godard-

Les aveugles
Parlent d’une
Issue
Moi
Je vois

Es decir:

Yo
Ya no tengo
Esperanza
Los ciegos
Hablan de una
Salida
Yo
Veo

A lo que poco se puede añadir, aun a riesgo de certificar las arrugas de la piel, las lesiones musculares, las marcas morales, y una sed infinita de justicia.

Diálogo (mondmilch)

Diálogo (mondmilch)

Robert Rauschenberg, Allegory, 1959-60.

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"Montesquieu y su división de poderes vivieron ayer un día raro."
Camilo Valdecantos, El País, 02-02-05.

Uno de los interlocutores, ataviado con el traje laboral (azul consenso) que invita al pronunciamiento de las grandes verdades, en el escenario exacto de los solemnes pronunciamientos, ajusta su voz perfecta a las paredes antiguas del entorno, el timbre de las palabras cálidas o de palabras sin más, como en otras ocasiones, y entona con elegancia algo ensayado tiempo atrás ante el espejo, una convicción o una petición travestida de mandato, un grupo de sonidos que juntos parecen apuntar hacia algo, a una forma más, quizás, entre otras muchas, de ver las cosas.

- Si vivimos juntos –dice-, juntos debemos decidir.

El otro, interlocutor también, que escucha atentamente, se toma un respiro. Ha esperado este momento el tiempo justo, la historia interminable justa, y sabe además que los cálculos no siempre resultan exactos, más bien al contrario, porque parten en muchas ocasiones de premisas inexactas (un simple gesto, por ejemplo, una oportunidad cronológica), porque a veces el orden de los factores (una palabra más, arriba o abajo) sí que altera el producto.

- Tenemos que poder decidir vivir juntos –contesta-, la convivencia no se puede imponer. No hay cosa peor que alguien tenga que vivir contigo porque no le queda más remedio.

Si este diálogo fuese entre enamorados, quizá el resultado final sería el de divorcio; pero, ¿es éste un verdadero diálogo entre enamorados? ¿Están los dos interlocutores (rodeados de tres, cuatro, y más interlocutores) verdaderamente enamorados? Si en la mina-sima de Alzola, en Aia (Guipúzcoa), corren ríos de leche de luna, mondmilch, es que todo es posible.

Montado así, como un diálogo, podríamos recurrir a Platón (experto en diálogos) en busca de aclaración o consejo; pero este diálogo (me temo) pertenece más a la visión de Aristóteles que a la visión de Platón. Cita José Luis Pardo (en su excelente La regla del juego, Sobre la dificultad de aprender filosofía) a Pierre Aubenque a propósito de Aristóteles. Según éste, para Aristóteles, el verdadero diálogo es aquél que progresa pero que no concluye, pues sólo la inconclusión garantiza al diálogo su permanencia. El diálogo renace siempre pese a su fracaso; más aún: el fracaso del diálogo es el motor secreto de su supervivencia:

que los hombres puedan seguir entendiéndose cuando no hablan de nada, que las palabras conserven aún un sentido, incluso problemático, más allá de toda esencia, y que la vacuidad del discurso, lejos de ser un factor de impotencia, se trasmute en una invitación a la búsqueda indefinida.

Al fin y al cabo, el amor tiene estas cosas.

El otro día, a la salida del trabajo, le comentaba a una buena amiga (Mª del Prado: ¡tus quince segundos de gloria!) que me aconsejara sobre qué podía escribir esta semana.

- Estoy encallado –le dije-. No sé sobre qué escribir.

- En ese caso –contestó- debes escribir sobre política. La gente habla sobre política cuando no tiene nada mejor que decir.

Hablar sobre política (pensé en ese momento) es hablar de los hombres que hablan sin parar y no hablan de nada; sin embargo, pensé también, ¡cuánta importancia tiene lo que dicen!

Antes o después (porque fue antes o después de la cita de Aubenque, aunque ahora no recuerdo), las palabras de Pardo (no confundir con Prado) se cruzaron en todo esto como hacen siempre las palabras: como bendita (infinita) interferencia. ¿Tendrían sentido fuera de contexto, o en un contexto distinto para el que fueron pensadas?

Escribe José Luis Pardo en La regla del juego:

¿Cómo lograr que la locura –que las cosas puedan empezar a ser lo que no eran o dejar de ser lo que son, que quien no sabe inglés pueda llegar a saberlo o que quien no ama pueda empezar a amar y quien ama pueda dejar de hacerlo, que aquellos a quienes amamos nos dejen de amar un día, o que incluso dejen de ser y nos dejen solos, que nosotros mismos podamos algún día abandonar a quienes amamos y abandonar el ser, que todo cuanto nos rodea (incluido nuestro propio ser) se nos escape de entre las manos, que es lo que pasa constantemente- sea sensata?

Sensata sensatez. Si en la mina-sima de Alzola, en Aia (Guipúzcoa), corren ríos de leche de luna, es que todo es posible. Por cierto, ¿cómo dice ese cartelito que figura al final de ciertas novelas, o de ciertas películas, y que informa que los personajes que aparecen en ellas son ficticios (nada que ver con lo real), y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia?

Efectos terapéuticos

Efectos terapéuticos

Francis Bacon, Crucifixion, 1965.

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Lo único que se le puede pedir a la investigación, si es que en verdad esperamos de ella una función terapéutica, es la cura irrecusable de todas las variantes conceptuales de la imitación, la exclusión (por prescripción facultativa) del tumor degenerativo de la mimesis y de la copia.

Y decía que debía guardarme de renunciar a mí mismo por completo –escribe Thomas Bernhard en Corrección-, porque alguien que no piensa ya por sí mismo sus propios pensamientos sino con otro pensamiento que domina y admira, o que no admira sino que, compulsivamente, domina, corre continuamente el peligro de matarse, de quitarse la existencia, a causa de ese pensamiento continuo de otro en lugar del propio.

Éste sería, sin duda, un comienzo más que aceptable para una cura futura, definitiva; si no fuera porque, cada mañana, frente al espejo, uno escucha de sí mismo la vieja y gastada letanía: tus dudas, hermano, son mis dudas; tus contradicciones son mis contradicciones; tus paradojas son mis paradojas.

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Mis deberes, a los mandos de la máquina, van más allá de mí mismo y de mi única mirada subjetiva. Al otro lado, lejos de la feria de las ideas, alguien observa con perplejidad cómo se cruzan los caminos, cómo se comparten soledades, cómo, a pesar de la distancia infinita, también es posible el calor humano. Las deudas contraídas a través de la historia (la frontera de Portbou, las cenizas de Auschwitz) no nos redimen sin faltas del absurdo, pero entrelazan en silencio las distintas figuras del absurdo. La continuación llama a diario a la continuación, la conexión equivale a la conexión, la metáfora de la metamorfosis se justifica con ello. Todo el sentido que se le quiera dar a la búsqueda, a la investigación, se revela finalmente en una misteriosa línea quebrada, en una dirección de correo, en un gesto humano; puede ser tan sencillo como abrir una ventana tecnológica y no morir de frío en el intento, no perecer bajo los efectos del temido cambio climático. La pretensión humana, entonces, se eleva sobre un mapa de arrogancia; el fuego de la ansiedad sólo se apaga con lluvia de magia exacta. Al fin y al cabo (y de eso tratan estas líneas), un hombre busca a otro hombre siempre, en todo momento. A veces (pero éste no es el caso), sólo se busca a sí mismo, a su propia mirada subjetiva; otras, en cambio, debe compartir su soledad con cierta figura del absurdo.

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Que esta brevedad me recompense por tanta palabra maltratada.

Cuando me aburro –escupe Bernhard- o cuando, por alguna razón, atravieso un período trágico, abro un libro mío y eso es lo que más me hace reír... se trata de un programa cómico filosófico que de algún modo inauguré hace veinte años, cuando empecé a escribir.

Mi médico de cabecera (un hombre gris) nunca me habría recomendado una terapia tan eficaz.

Que la risa (o lo que quede de la risa después de este diario) me justifique al menos la pérdida de tiempo.

Por cierto: hace un día de perros.

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Que la experiencia estética era esto, que el arte, sin duda alguna, era esto, es algo que se intuye al comienzo de la investigación, en las primeras horas de travesía, pero que acaba olvidado sin remedio con las postreras (y dudosas) tentativas; que se acaba perdiendo sepultado, vencido, invisible e ignorado, bajo capas y capas de inmundicia.

Escribe Samuel Beckett:

Se ha hecho lo imposible para que elija. Para que tome partido, para que acepte a priori, para que rechace a priori, para que deje de mirar, para que deje de existir, delante de una cosa que simplemente habría podido amar, o encontrar fea, sin saber por qué.

En algunas ocasiones, la investigación consigue el efecto contrario al deseado. En el fondo, ese sin saber por qué era todo, y no queda más, ahora, que recobrar lo perdido.

Metáforas y signos

Metáforas y signos

Leif Eriksson, inmortalizado justo en el momento de descubrir América.

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La primera observación, la que me tiene preso (en la jaula del lenguaje) desde hace unas horas, me la proporciona Cristina Pereira (excelente su en torno a la metáfora) a propósito de tropos, aplicaciones y comparaciones tácitas:

¿Realmente –pregunta Cristina- se parecen tanto todas las cosas en el mundo como para que hacer metáforas sea simplemente hacer visible uno de los múltiples hilos invisibles que las unen como si el mundo fuese una tela de araña?

Tela de araña o jaula del lenguaje, el mundo se nos presenta como el milagro estético por excelencia, y no es de extrañar entonces que, a pesar de nuestras insuficiencias, tratemos de envolverlo, una y otra vez, en suave papel de regalo. Quizás la historia universal –escribió Borges- es la historia de unas cuantas metáforas. Aunque el viejo sabio argentino siempre supo de la existencia de alguien superior al travieso, al hechicero (ambos también creadores de metáforas), y que sólo los signos del semidiós o del ángel son los que transforman el mundo.

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De todas las Kenningar (según Borges, una de las más frías aberraciones que las historias literarias registran), mi preferida, sin lugar a dudas, es ésta (que nombra, sin nombrarlo, al corazón): dura bellota del pensamiento. Las Kenningar son las menciones enigmáticas de la poesía de Islandia, de las Sagas Escandinavas. Hoy, puedo decir, he disparado mi bellota sin miedo, como un arma arrojadiza; pero no me movía la suave marea del pensamiento, sino la más elemental llamada de la sangre.

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En el futuro –anunció Warhol- todo el mundo será famoso durante quince minutos. Quince minutos de gloria. He aquí el futuro.

José Ángel García Landa es Master of Arts en Inglés por la Universidad Brown (Providence, Rhode Island, USA) y Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza. Actualmente trabaja en A Bibliography of Literary Theory, Criticism and Philology, una base de datos bibliográfica de libre acceso a través de Internet incluida en el Oxford Text Archive. Pues bien, en la citada bibliografía, bajo el epígrafe “Journalists” y según se aproxima uno al lugar alfabético destinado a la "b" (Directorio de autores. B.names/) puede leerse: Bustamante, Enrique. Das Mystische: La insoportable levedad del weblog.

Nunca antes me había visto reflejado en una bibliografía; ni tan siquiera se me había pasado por la cabeza tal posibilidad. ¿Serán estos mis quince, mis cinco, apenas mi par de segundos de gloria? ¿Será así el futuro?

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Mi alto linaje. Escrito en las paredes del recuerdo con signos analógicos. Otra de las muchas maneras de entender la identidad, el sentido de pertenencia.

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Cuando escribo sobre fútbol tengo siempre la sensación de estar cometiendo un pequeño pecado; aunque también es cierto que se me pasa enseguida. El fútbol es un excelente espejo de la vida, por lo que no está de más que los cachorros vayan familiarizándose con los borrosos conceptos de justicia e injusticia. Por ello, acepto con agrado que mi hijo juegue al fútbol; por ello y por algunas cuestiones más que ahora no vienen al caso. El fútbol –escribió Pasolini- es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Pasolini fue capitán del equipo de fútbol de la Facultad de Letras de la Universidad de Bolonia; por aquel entonces era capaz de diferenciar la poesía de Riva de la prosa poética de Rivera o de la prosa de Mazzola. El fútbol, ahora como antes, es un sistema de signos, un lenguaje. El problema es que, ahora, la poesía queda siempre en manos de unos pocos; como en la vida misma. Y que los más –los económicos- viven como mercaderes enfundados en la prosa.

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Caminamos, también aquí, en la Red, como Suzanne en el verso de Leonard Cohen, among the garbage and the flowers, entre la basura y las flores. También aquí los paparazzi virtuales despliegan sus redes de pesca juzgando, más allá del bien y del mal, el fruto de nuestro trabajo. Las putas, los analfabetos y los obreros de la construcción les mostramos sin pudor nuestra intimidad, el olor pestilente de nuestra mercancía. Gracias a ello, el ángel semidiós se resiente: otra dosis exacta de Paroxetina hidrocloruro. Después de todo, esto resulta desoladoramente divertido.

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En Cincuenta años en la estela de Wittgenstein, Manuel Cruz, Catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona, cuenta cómo Wittgenstein estableció las condiciones para una nueva mirada, tanto sobre el mundo como sobre el pensamiento mismo. "No pienses, mira", repetía a sus alumnos, convencido de que el mundo merecía esa mirada virgen, absuelta de toda contaminación conceptual o traba ideológica, convencido de que el verdadero milagro estético era la existencia del mundo, es decir, que exista lo que existe. Cómo conseguir abandonar todo el veneno acumulado en forma de metáforas y signos a través de la historia es la única pregunta que merece, ahora, una respuesta. De momento, Manuel Cruz nos aconseja un mínimo de ideas previas y, sobre todo, no ponerlas por delante de lo que haya que pensar, como carreta delante de bueyes. En definitiva –concluye- no hagas caso de la vieja máxima. Atrévete a ignorar. Únicamente así terminarás por saber.

Asuntos de familia

Asuntos de familia

Eduardo Arroyo, Hombre vestido bajando la escalera.

A Juan Goytisolo se lo dejaron bien claro nada más aterrizar en La Chanca. Es aquí –le dijo El Luiso, dando un rodeo hacia la Cuesta de San Indalecio, deteniéndose frente a una taberna. Mercamos un par de litros de tinto –aclaró El Luiso- y asín lo bebemos en familia.

En familia.

Cada vez que observo cierto pergamino amenazante ("tengo un plan", por ejemplo, o "tengo que contarte un secreto"), cierto manual de técnicas de desbarre charlatán y de negocio, doy media vuelta asustado, contrariado, y me refugio nervioso en el centro de la tierra. Utilizar el lenguaje, entonces, se vuelve para mí una traición inevitable, un último recurso de borracho. Hay que saber beber, me digo, sobre todo en familia; pero más importante si cabe, después, bajo los efectos de la resaca, hay que saber mearla. Lo siento mucho, pero no soporto a los patosos. Todos tenemos en la familia a un tío listo (a un cuerpo insoportable del delito) que no se cansa nunca de pedir a destiempo, de fingirse patán discriminado. Por eso El Luiso, ahora rescatado, se acicala imponente con sus mejores galas, y oportuno, como un gallo de pelea, se mosquea; porque todo, se dice, tiene un límite: pues que espere porque, si la sangre corre, no será la mía… Uno tié más paciencia que un santo –sentencia-, pero la paciencia también se acaba.

Por eso Manolo (y esto yo me lo invento) abrió su Crónica Sentimental de España con esta cita de don Antonio Machado (de su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua):

Nueva sensibilidad es una expresión que he visto escrita muchas veces y que acaso yo mismo he empleado alguna vez. Confieso que no sé, realmente, lo que puede significar. Una nueva sensibilidad sería un hecho biológico muy dificil de observar y que, tal vez, no sea apreciable durante la vida de una especia zoológica. Nueva sentimentalidad suena peor y, sin embargo, no me parece un desatino. Los sentimientos cambian a través de la historia y aun durante la vida individual del hombre. En cuanto resonancias cordiales de los valores en boga, los sentimientos varían cuando estos valores se desdoran, enmohecen o son sustituidos por otros. ¿Cuántos siglos durará el sentimiento de la patria? Y aun dentro de un mismo ambiente sentimental, ¡qué variedad de grados y de matices! Hay quien llora al paso de una bandera, quien se descubre con respeto, quien la mira pasar indiferente, quien siente hacia ella antipatía, aversión. Nada tan voluble y tan vario como el sentimiento. Esto debieran aprender los poetas que piensan que les basta sentir para ser eternos. Algunos sentimientos perduran a través de los siglos, mas no por eso han de ser eternos.

Según esto, la diferencia entre lo tuyo y lo mío no es más que una simple variación de ambiente sentimental. Hay más, mucho más (el supuesto incumplimiento de la ley, dicen, a la que sólo recurren cuando les conviene, y a la que no dudan en ningunear, o transgredir, cuando observan la alacena vacía ¿Vacía?); pero prefiero dejarlo en este punto. En fin, que no quiero parecer alarmista, pero que Dios nos coja confesados. Todo ello, y siempre, con la boina bien calada.

Vestido bajando escaleras.

Y que así sea.

Ventajas de no estar

Ventajas de no estar

Recupero la vista: el código magnético de la publicidad me avisa de que esto ya comienza, como todos los años, a primera hora de la mañana. Es decir: ya estoy aquí (no allí) y estoy despierto; me acomodo en la tumbona de ver las cosas importantes y me hago un pequeño hueco. La magdalena de Proust se escapa dulcemente de mis dedos. Un zumo de naranja natural y un café bien caliente. Y es que, como todos los años, tengo la mirada puesta en la carrera. Eso sí: no sé muy bien qué busco en la visión desinteresada de este espectáculo; la mayoría de los corredores tampoco saben muy bien por qué corren, supongo que sólo unos pocos, quizá la gente de la tierra, o algún forastero iluminado por el alcohol o por una cuantiosa pérdida. Esa, al menos, es la impresión que tengo siempre, todos los años. Y este año, al igual que otros años, he visto enseguida los mismos gestos insignificantes y los mismos golpes artísticos (¿cómo se llaman esos señores de la vara?), esclareciéndose en un sencillo movimiento. Y, como todos los años, ante la pequeña pantalla de la televisión, me he hecho la misma pregunta: ¿qué diablos es esto?, ¿de qué actividad estamos hablando? Porque, a poco que afinemos, veremos lo mismo en la plaza unas horas después, con las primeras sombras, cuando cae la tarde: el catalán Serafín Marín, por ejemplo, se juega la vida (sí, de acuerdo, el toro ya está casi muerto) y no parece que ello merezca el más mínimo silencio. Las almohadillas descienden como platillos voladores alcanzados en pleno vuelo: quizás sucede en el Parque de Atracciones. A primera vista, en cambio, todo parece muy divertido; nadie, es de suponer, está sometido al más mínimo peligro. El arte de saltar por encima de la muerte parece reservado sólo a unos pocos, aunque sean muchos los que acompañan a la navaja por las calles resbaladizas. Al finalizar la carrera, en el centro de la plaza, cuando los astados ya viajan por el túnel de su destino, un rostro desencajado recobra la alegría de los recién nacidos; pero esa visión, o esa interferencia, queda reservada únicamente a los héroes prematuros, a los atletas poéticos, que calman luego su sed en la barra silenciosa de una taberna antigua, en compañía de sus contemporáneos; mientras los marcianos y los torpes se emborrachan inconscientes en locales atestados, impregnados en bagatelas, en fuegos artificiales, en castillos de ruido, sin llegar a comprender jamás que acaban de volver de muy lejos, de un caserío encantado, y que estas cosas, tan difíciles y tan propias de la vida, debemos celebrarlas como la ocasión se merece.

Islas

Islas

A Javier el traje le queda perfecto. Ha engordado, sí, y se muestra mucho más impaciente, pero visto desde esta parte de la fotografía, justo en el lluent, el punto más luminoso, la parte central del lago (esa que los árabes describieron como espejo del sol), no podemos decir que las cosas le hayan ido precisamente mal. Javier abandonó el pozo de la adolescencia, el lugar de las hermandades selladas con sangre, en el momento justo (el tiempo preciso es siempre el momento justo), y ahora vive rodeado de agua en su propia isla: la Al Buhayra de los árabes, el pequeño mar de La Albufera. El cristal ya no refleja un rostro a punto de extraviarse; el agua ha cumplido su labor curativa. A Javier, ahora, el traje le queda perfecto.

Nos pasamos la vida entera buscando islas, islas desconocidas, islas de vacío y de sorpresa en medio de tempestades cotidianas, y algunos encuentran una isla apropiada para todos los días del año. Otros, en cambio, mudamos a menudo de isla o fabricamos islas temporales o islas artificiales, y también éstas sirven para engañar a la muerte y hacernos mucho más fuertes. Nadie entiende bien porqué pero, llegado el momento, no sabemos otra ocupación que seguir escudriñando islas.

Cuando Javier nos invita a navegar por el lago, la pequeña barca azul que nos transporta se transforma en una hermosa isla de madera. A bordo de la nave (vaixell vell, tot ple de cors ben joves) el pirata (o alguien que se parece una barbaridad al pirata) nos cuenta, con la mirada perdida, una historia de búsqueda y de islas.

"Les Illes Canàries en són set... (nos dice el pirata) i no obstant aixó, se’n busca una huitena. Es tracta de l’illa fantasma, l’illa de Sant Borondón. Segons un poema irlandés, Sant Borondón (Saint Brendan o Saint Brandan de Clofert), era un monjo del comtat irlandes de Kerry. Ordenat sacerdot l’any 512 dC, es va embarcar amb altres 14 monjos en una frágil nau i es va internar en l’Atlàntic, buscant la Terra Promesa dels Benaurats, les Illes de la Felicitat i la Fortuna.

Conta la llegenda, que durant el viatge van recollir tres monjos més, es van trobar amb dimonis que vomitaven foc, amb columnes de cristall flotant i amb tot tipus d’estranyes criatures.

Brendan i els seus companys van desembarcar en una illa plena d’arbres y de vegetació. De sobte, l’illa va començar a moure’s. Es tractava d’una gegantina criatura marina, sobre el llom de la qual es trobaven els monjos. Després de moltes peripècies, Brendan va aconseguir tornar a Irlanda."

No sé porqué nos cuenta esta historia. Quizá porque a él la adolescencia lo arrastró hasta las costas de Cádiz y a mí a las Islas Canarias, o quizá porque, en ese mismo momento, en el Puerto de Valencia, nos encontramos con el Benijofar (carguero de Santa Cruz de Tenerife) y todo parece desfigurarse en suaves islas de sueño. A bordo, todos entonamos El Himno al ocio (¡Faré vacances! ¡Faré vacances!) y esperamos una señal exacta para el camino de regreso. El pirata entona una vieja canción de Ovidi (que buscaba islas con nombre de mujer o con nombre de revuelta) y la arena que pisamos se torna fría como un recuerdo. Algunos encuentran una isla de sueños para todos los días del año. Nos pasamos –dice el pirata- la vida entera buscando islas, islas desconocidas, islas de vacío y de sorpresa, y ésta es mi isla.

Tsunami

Tsunami

La aldea de la montaña envuelta en niebla, pintura de Eitoku, época Muromachi.

La teoría pictórica o figurativa del significado plantea la hipótesis de que lenguaje y pensamiento tienen sentido y referencia porque son pinturas, figuras o representaciones de las cosas del mundo. Según esto, una "representación" sería una realidad que sustituye, imita o refleja a otra. El Guernika de Picasso, por ejemplo, representaría el paisaje de la población guipuzcoana después del bombardeo; El Niño de Vallecas, de Diego Velázquez, a la persona retratada; un mapa de las calles de Barcelona, pongamos por caso, al conjunto de calles de dicha ciudad; una partitura, a la música que podemos interpretar gracias a ella. La proposición "el maremoto acabó con la vida de cien mil personas" se refiere al estado de las cosas y nos dice algo acerca de ellas, cuadra con la configuración real de objetos en un estado de cosas; pero antes de esta proposición hubo otra oración que también representaba un estado (mucho más feliz) de las cosas: "el niño juega en la playa". El lenguaje, por tanto, decimos en estos casos, es pictórico; las oraciones son pinturas de estados de cosas. Cómo es posible que con el lenguaje o el pensamiento podamos referirnos a las cosas del mundo es una pregunta más en el umbral oscuro de las preguntas; en el fondo, esta pregunta también se refiere al estado de las cosas y nos dice algo de ellas, nos habla sobre ellas. Eso sí, su existencia no aplaca para nada la fuerza destructiva de las olas, no cambia el "sentido" del paisaje. Cuando el mar se retira definitivamente, mostrando la profundidad de las heridas, aprovechamos para construir nuevas oraciones que representen el estado de las cosas, elegimos sin tregua nuevas representaciones; pero lo que en verdad queda ante nosotros, después de la tragedia, es algo más que una simple desolación sin fondo. Si un cuadro, un mapa, una maqueta, una partitura, el lenguaje escrito o nuestro pensamiento, son representaciones de las cosas del mundo, entonces, podemos pensar, un calendario (presente en todo momento a estas alturas del año) es también una representación de un estado particular del mundo, una figura de una situación (en este caso, el tiempo) o un modelo de ella. Los signos numéricos, como otros signos, llevan en su seno la fuerza ambiciosa del futuro, la sombra de lo imprevisto, pero guardan, grabados en sí mismos, los restos más terribles del pasado; mejor, entonces, ignorar el calendario. ¿Cómo soportaríamos el eterno retorno de las fechas cuando, efectuado el recuento, comprobamos lo evidente de una ausencia? Aunque la imagen del satélite que representa la formación del tsunami tampoco servirá para aliviarnos miramos fijamente la figura buscando una razón que no se muestra; como pinturas, figuras o representaciones de las cosas del mundo, algunas fotografías acaban resultando verdaderas falsificaciones. Tras la observación, pasados unos segundos, la representación descubre el carácter cambiante de las cosas; las cosas, cuando el río de Heráclito rebosa, dejan de ser las mismas. En su nuevo ser renovado la representación sustituye, refleja o imita: el hablante pinta con palabras, decimos; el oyente, al escuchar, percibe cuadros. Pero la ausencia "representa" ahora la configuración lingüística del paisaje: el nuevo estado de las cosas. Y, a partir de este momento, recordará a la vieja representación ("el niño juega en la playa") como a una referencia carente de sentido, ahogada por las aguas desbordadas, aplastada por la arena de las estadísticas, asesinada por el calendario.

Un dios que me visite

Un dios que me visite

Ayer, a estas horas, desde la más rigurosa incredulidad, desde los cuerpos reunidos alrededor de una mesa y la más vulgar ocupación disfrazada de indiferencia:

La madre del dios que nacerá dentro de poco es hoy una mujer sin rostro, aunque a veces creemos adivinarla por la calle tan agitada y distraída como todo el mundo, y se diría que olvidada de sí misma. Inmersa en un tiempo feroz que odia todo lo que merece perdurar, María borra sus huellas y se mezcla con la multitud para pasar inadvertida por el ángel. Si su hijo nace entre nosotros, aún veremos imágenes que le ilustren como profeta, luchador o víctima. No ha cambiado tanto la figura del héroe que quiere torcer el mundo y sólo consigue que le tuerzan el cuello. Pero de ella no. Nadie se atreve a imaginarla. Hace unos años lo intentó Godard y las turbas le quemaron el cine aterradas ante el aspecto que presentaba, en nuestros días, la muchacha que acepta parir un dios sabiendo que van a asesinarlo.

Es la felicitación navideña de hace un par de años, una cita de Félix de Azúa que guardo en el cajón de los tesoros como si fuera un diamante. En realidad, siempre que puedo me gusta compartirla con los amigos; en cuanto puedo abandona el cajón de los tesoros y contempla la luz del mundo y la fuerza magistral del mundo. A fin de cuentas, se trata de un dios que nace todos los años; es decir, que está naciendo ahora, en este preciso momento; de un dios que nace todos los días. No hay más que ver la sonrisa de María para comprenderlo, su temor y también su desamparo. ¿Por qué no? La amenaza que vuela sobre su cabeza es también nuestra amenaza; su vértigo es también nuestro vértigo; la grandeza de su desnudez es también nuestra grandeza. A su alrededor brillan las estrellas de los secretos y el agua luminosa de los descubrimientos; tiemblan los amantes; sueñan, despiertos, los pájaros. Las primeras palabras que escucha, cuando despunta el alba, son las mismas palabras que, hace tiempo, entregó con su ejemplo uno de los maestros:

Mira allá, aquella raya negra en el mar, brillante como el aceite. Esas sombras de árboles en aquellos cañaverales. En cada lugar que tus ojos miran se esconde un Dios. Y si no está, dejó marcas de su sagrada presencia.

Los caracteres de la religiosidad, incorporados al laicismo. La felicitación navideña de Pier Paolo Pasolini:

La humanidad de Cristo está impulsada por tanta fuerza interior, por tan irreductible sed de saber y de verificar el saber, sin temor a escándalo ni a contradicción, que, para ella, la metáfora divina se halla en el límite de lo "metafórico", hasta llegar a ser idealmente una realidad.

No basta con aplicar la lógica; en realidad, no la contradice. Estamos ante la descripción de un acontecimiento real en la vida del hombre. Acaba de nacer (o eso nos dicen) y vuelve a encontrarnos ocupados, demasiado ocupados, distraídos como idiotas. Ayer, a estas alturas, desde la más rigurosa incredulidad, todo esto no iba con nosotros. A Wittgenstein, en cambio, le parecía espléndido, sublime, ese tender al absoluto; pero siempre dirigió la mirada a las cosas terrenas (a menos –decía- que "Dios" me "visite"). La ciudad es el lugar de los asuntos terrenales y el ángel, extraviado, espera una señal para incendiar nuestras cabezas; no hay tiempo que perder: los Grandes Almacenes, mañana, comienzan las rebajas.

Movimientos del pensar, en Ludwig Wittgenstein:

En la civilización metropolitana, el espíritu sólo puede quedarse arrinconado. Pero no es en modo alguno algo vetusto o superfluo, sino que como un (eterno) testigo se mantiene suspendido sobre los escombros de la cultura, casi como vengador de Dios. Como si esperase una nueva encarnación.

Una nueva encarnación. Un ángel que anuncie entre miserias la llegada imprevista de un amigo (de un "dios" –al fin- que me "visite").

En el fondo, ¿por qué no?: podrías ser tú mismo.

Desde la más rigurosa incredulidad, desde los cuerpos reunidos alrededor de una mesa y la más vulgar ocupación disfrazada de indiferencia.

El archivo

El archivo

Cada vez que cumplo años (años de presencia continua, de acercamientos voluntarios a los hechos y a las cosas, de dudas y preguntas dibujadas en la pantalla de la realidad virtual y compartidas con amigos y extraños), siento la tentación (no sé bien por qué motivo) de hacer recuento y balance de todo, de juntar lo resumido en breves notas manuscritas, en apuntes de polvo y rabia, en cadenas apresuradas de lógica, inaugurando y organizando un nuevo y aparentemente definitivo archivo, un archivo destinado al mismo fin al que acaban condenados todos mis archivos.

Uno puede organizar un archivo de la manera más insospechada, porque un archivo (si es ante todo un buen archivo) es una caja sin fondo que permite todo tipo de presencias y todo tipo de combinaciones. Aby Warburg, por ejemplo, organizó más de 2000 imágenes en 79 tablas, en su proyecto Mnemosyne Atlas, en un intento por ordenar las constantes simbólicas a lo largo de toda la Historia del Arte. Y, menos ambicioso, Pablo Cruz Aguirre, un publicista argentino, lleva más de 15 años recogiendo fotografías de la basura y de las calles de Buenos Aires, dando vida a un curioso almacén de retratos, parejas y familias completamente anónimos. Un archivo, como señala Domingo Hernández, a propósito del archivo de Gerhard Richter, es un conjunto de heterogeneidad y homogeneidad, de identidad y diferencia, de fragmentación y totalidad; un producto donde el todo y las partes continuamente forcejean y se resisten a mostrar un acuerdo tácito. Dos meses antes de que se levantara el muro de Berlín, Richter emigró a Alemania Federal desde Dresde, su ciudad natal, donde había estudiado la carrera de Bellas Artes. Desde entonces, y dado que destruyó buena parte de la obra que había realizado en Alemania del Este, viene trabajando en un Atlas o archivo de fotografías y bocetos que suma ya unas 5000 imágenes en más de 650 paneles. Si les interesa el tema, les aconsejo la lectura del artículo de Domingo Hernández.

El por qué de un archivo pasa siempre por las mismas necesidades: pasado y memoria, identidad y autoridad, información y poder; pero también pueden echar un vistazo a su cajón de las fotografías de toda una vida, a la estantería donde guardan sus viejas cintas de video, a sus flamantes archivos informáticos: seguro que, donde menos lo esperan, se encuentran con una sorpresa. El Atlas de la memoria nos lleva de Michael Serres a Bernd y Hilla Becher, de Walter Benjamin a Christian Boltanski, Hannah Höch, Matt Mullican o Hans Peter Feldman. Si regreso a mis antiguos archivos, ¿qué deseo en el fondo? ¿La pretensión de totalidad en momentos de crisis? ¿El reencuentro con un desconocido?

Hace ahora unos años, un viejo amigo residente en los Estados Unidos logró la hazaña de componer (con los restos de la memoria, y con diferentes materiales de derribo y de esperanza) un extraño archivo que, en general, cumplía con las características que hacen de un archivo algo cercano y necesario. La visión de la transición española, desde la óptica de un grupo de militantes de la extrema izquierda (entonces apenas adolescentes, entre 1975 y 1980), fue uno los trabajos más difíciles, y a la vez más divertidos, a los que jamás me he enfrentado. Imágenes, sonidos y palabras (eso sí: dispersas y fragmentadas; definitivamente inconclusas) completaron un cuadro donde la historia oficial fue sustituida por la historia particular de una barriada obrera y de sus hijos más problemáticos. Mucho ha llovido desde entonces pero, la función del archivo, en este caso, siempre estuvo completamente clara: la interpretación de la lluvia por aquellos que, a pesar de las dificultades, también se mojaron; por aquellos que, además, nunca acabaron apareciendo en los libros de historia:

Los grandes humoristas y los grandes cómicos, de Cervantes a Sterne o a Buster Keaton, nos hacen reir con la miseria humana porque también la descubren y en primer lugar en ellos mismos, y esta risa implacable implica una amorosa comprensión del destino común.

Mientras Claudio Magris deambulaba por el Danubio (fue mi lectura favorita durante la organización del archivo: de ahí su cita), nosotros destrozábamos, a duras penas, la leyenda construida en la memoria, y aprendíamos a reconocernos un poco más humanos. Eso sí, el archivo se demostró con el tiempo poco menos que imposible, incierto, y a veces inaudito. ¡Quién sabe!, quizá por aquello de la pluralidad de lo real, o quizá porque, sin saberlo, estábamos dando cumplimiento a aquello que en su momento ya anticipó Derrida: si es un buen archivo, debe ser por esencia inacabado, abierto e imperfecto:

Y sí, efectivamente, la historia -ese género narrativo que a veces se nos antoja fácilmente manipulable-, la historia, decía, oficial o no, registra acontecimientos de un innegable valor o interés para la investigación que ahora nos ocupa. Aquí, en este Archivo, sólo se recogen algunos episodios. Veinte años, a pesar de lo que sugiere el tango, son toda una vida. Y el relato de toda una vida, de detalle en detalle, de microcosmos en microcosmos, nos obligaría a renunciar a la presente, condenándonos, como archiveros mayores de la memoria, a trabajar agotadoramente, indefinidamente, día y noche por los años de los años infinitos.

Con estas palabras disculpaba yo la paralización de un archivo que nació con vocación de telaraña. Ahora, restringido tan sólo a este último año, un nuevo archivo se abre a la inmensidad de todo lo ya archivado: La insoportable levedad del weblog: 365 días en la Red. Queda saber si seré capaz de juntar otros 365 días con sus respectivas noches. En caso contrario, lo único que cambiará serán los materiales del archivo, porque el archivo, como la galaxia, posee anaqueles infinitos.

***

(Hace ya algún tiempo, Hans Magnus Enzensberger escribió lo siguiente:

Hay asimismo otra ventaja en la red de ordenadores: su ilimitada capacidad de almacenamiento, que no carece de su lado oscuro. En efecto, el rapidísimo ritmo de innovación tiene por consecuencia la reducción de la vida media de la tecnología de almacenamiento. Los National Archives de Washington ya no están en condiciones de leer registros electrónicos de los años sesenta y setenta. Los aparatos que serían necesarios para ello se han extinguido hace mucho. Los especialistas que podrían convertir los datos a formatos actuales son raros y costosos, de modo que hay que dar por perdida la mayor parte del material. Es evidente que los nuevos medios disponen tan sólo de una memoria reciente técnicamente limitada. Las implicaciones culturales de este hecho no han sido reconocidas todavía. Es probable que todo esto conduzca a que cada vez más podamos retener las cosas durante un tiempo cada vez más breve.

Desde que comencé a publicar en Internet he perdido la pista de tres o cuatro trabajos, colgados en su día en sitios que ya no existen; asimismo, he dado de baja un blog repleto de buenas intenciones. Toda esta información, ¿en qué agujero negro del ciberespacio se encuentra ahora? ¿Podremos recuperarla algún día? Cayetano Lupeña, hace unos días, me aconsejaba la posibilidad de colgar mis artículos en el grupo de noticias es.humanidades.arte, en ese lugar protegido por Usenet, porque allí, me decía Cayetano, estos trabajos no desaparecerán jamás. Mi analfabetismo digital me impide comprender el funcionamiento de estas herramientas, pero estoy seguro que siguiendo la pista de Cayetano acabaré diferenciando el trigo de la paja. Un lugar de reposo permanente significaría la culminación del archivo, la eternidad del texto y el recurso vengativo del recuerdo. Aunque, llegado el caso, como dice Todorov, no conviene abusar demasiado de la memoria: una vez restablecido el pasado, ¿para qué puede servir, con qué oscuro fin, a quién podría interesarle?)

Clifden Notes

Clifden Notes

"Sólo los budistas observaron que al fin y al cabo las reflexiones del Buda se basaron al principio en la toma de conciencia de esos tres impedimentos que eran la vejez, la enfermedad y la muerte, y que el Venerado por el mundo, si bien se había dedicado más bien a la meditación, no habría rechazado a priori, necesariamente, una solución de orden técnico."
Michel Houellebecq - Las partículas elementales.

Mañana de diciembre. Frío intenso. Luminosidad escasa. El vagón 237 se asemeja a un perro salchicha infestado de pulgas. Cada pulga con su destino definido. Cada pulga con su sueño en marcha. Cada pulga con la mirada perdida a través de las ventanillas o con los ojos en las páginas de un diario gratuito. De un tiempo a esta parte, la proliferación de diarios gratuitos provoca una imagen uniforme que multiplica la uniformidad de las pulgas. Agotado el diario de la primera hora (ése que reparte amablemente una chica rubia con un chaleco verde) todos los habitantes del perro salchicha comparten una misma crónica parlamentaria, la misma sopa de letras, las mismas páginas de deportes o la misma portada. Las reacciones, por tanto, son también uniformes; nadie se mueve a destiempo, nadie se sale del cuadro. No hay risas en un extremo del coche o comentarios inteligentes en la cabecera; todo pertenece a un mismo ritmo. Si esperamos un movimiento extraño que altere la uniformidad del conjunto estamos perdiendo el tiempo. Una misma idea reposa, dormida, en la mayoría de los regazos; pero no parece que ésta vaya a provocar un seísmo inesperado. No obstante, la portada de esta mañana dice mucho con muy poco esfuerzo: el hambre mata cada año a cinco millones de niños en el mundo. ¡Qué barbaridad! Quizá podría esperarse, ante la gravedad del asunto, un pequeño murmullo, un tumulto, una reacción en cadena; pero no, nadie se mueve, nada de gestos. El vagón 237 se asemeja a un perro salchicha infestado de pulgas. Luminosidad escasa. Frío intenso. Mañana de diciembre. En cambio, mi diario es de pago, y puedo saltar sobre la portada con la elegancia sublime de un atleta olímpico. Lo peor, sin embargo, llega en la primera página del suplemento dedicado a Madrid: un coche que circulaba en sentido contrario causa un choque frontal con tres muertos en la A-1. Un conductor suicida (un desarreglo psíquico, una apuesta); un matrimonio a bordo de un Renault Safrane, de vuelta de sus vacaciones. "Le hemos visto desde San Agustín de Guadalix. Le hemos pitado, le hemos dado las luces y no nos ha hecho caso. Ha llegado a provocar dos trompos a dos coches antes del accidente", explicó, a propósito del conductor que provocó el siniestro, el camionero que rescató a los niños.

Cuando, en julio de 1999 (con motivo del Simposio Internacional "Jenseits des Seins, Exodus from Being, Philosophie nach Heidegger", en el marco de las jornadas del Castillo de Elmau sobre "La filosofía en el final del siglo"), Peter Sloterdijk pronunció su famosa conferencia "Reglas para el parque humano", anunciando la terrible lucha de titanes entre los impulsos domesticadores y los embrutecedores y entre sus medios respectivos; cuando Sloterdijk proclamó que no bastaba con la domesticación educativa de los hombres y con el establecimiento de amistades con las letras; cuando Sloterdijk, en definitiva, nos indicó la necesidad de afrontar cuestiones como la reforma genética de las propiedades del género, la futura antropotécnica orientada a la planificación explícita de las características del género humano, o la extensión por toda la especie del paso del fatalismo natal al nacimiento opcional y a la selección prenatal (todo ello como preguntas del horizonte evolutivo que comienza a despejarse ante nosotros), hubo quien no tardó en acusar al filósofo alemán de elevar la tecnología genética a dominante cultural de nuestro tiempo con un discurso cargado de retórica fascista. ¡Qué bueno! Pensaba en todo ello viajando como un atleta olímpico en el vagón 237, saltando portadas y saltando inevitables sensaciones; evitando los obstáculos. Es decir, haciendo como que las cosas no iban conmigo. El vagón 237 se asemeja a un perro salchicha infestado de pulgas, de pulgas insensibles; pero no necesariamente de pulgas culpables. Al parecer, existen evidentes defectos de fabricación, cosas sencillas a tener en cuenta; pero ¿alivia esto el dolor? El defecto de fábrica, además, es también reconocido por el poeta:

Sin embargo, no despreciamos a esos hombres;
Sabemos lo que debemos a sus sueños,
Sabemos que no seríamos nada sin la mezcla de dolor y alegría que fue su historia,
Sabemos que llevaban nuestra imagen dentro cuando atravesaban el odio y el miedo, cuando chocaban en la oscuridad.
Cuando escribían, poco a poco, su historia.
Sabemos que no habrían sido, que ni siquiera podrían haber sido, sin guardar en el fondo de su corazón esa esperanza.

Claro está que, el poeta, un gran poeta, escribe estas líneas desde la segunda (o tercera) generación después de la mutación metafísica. El plan diseñado por Michel Djerzinski, investigador en biología, monje científico, se ha cumplido hasta sus últimas consecuencias. Ahora, sobre los muros de la ficción y la verosimilitud, aparece escrito el lema inaplazable de un proyecto: LA MUTACION NO PUEDE SER MENTAL, SINO GENÉTICA. Las partículas elementales cuentan esta historia, la historia de la última revolución pendiente. Aquí el dolor es tan sólo un recuerdo:

Hemos roto el vínculo filial que nos unía a la humanidad, y estamos vivos. Según los hombres, vivimos felices; cierto que hemos sabido superar los impulsos, para ellos insuperables, del egoísmo, la crueldad y la ira; de todos modos, vivimos una vida distinta. La ciencia y el arte siguen existiendo en nuestra sociedad; pero la búsqueda de la Verdad y de la Belleza, menos estimulada por el aguijón de la vanidad individual, tiene un carácter menos urgente. A los humanos de la antigua raza, nuestro mundo les parece un paraíso. De hecho, a veces nos damos a nosotros mismos -de manera, eso sí, ligeramente humorística- ese nombre de "dioses" que tanto les hizo soñar.

No obstante, de vuelta al periódico, una figura sobresale del resto del relato (un héroe: un camionero) con una fuerza especial que ennoblece toda la escena y hace posible la reconciliación. El hombre, ante las llamas, multiplica su factor humano: el extintor, una navaja para cortar los cinturones de seguridad: dos niños, a salvo de morir carbonizados. Después de esto ¿podemos añadir que ha fracasado del todo la ilustración humanista? Este hombre ¿fue correctamente educado o ya era humano a pesar de todo? Educar o domesticar, he ahí la cuestión, porque, como dice Fernando Savater, el fin es siempre el mismo:

reinventar lo humano -es decir, una sociabilidad amistosa que repudie mayoritariamente la tentación feroz de la violencia intraespecífica- a partir de un nuevo planteamiento persuasivo, de otra forma de doma de alta escuela.

Al final del relato, quedan millones de niños esperando una respuesta y, más cerca, dos niños que conocerán irremediablemente el sentido de la separación y del dolor, el significado primario del dolor. Muchas de las páginas de Las partículas elementales están escritas desde el conocimiento del dolor, de la angustia y de la insignificancia humana; de ahí la luz, a veces oscura, que se desprende de sus páginas. El budismo y la genética unen a Peter Sloterdijk y a Michel Houellebecq como a dos gemelos necesarios. Mientras tanto, la vida continúa en el vagón 237. Al parecer, según las estadísticas, seguimos avanzando.